lunes, 15 de octubre de 2007

LA NOVELA NÚMERO TRECE

A veces digo que soy escritor, y supongo que a los ojos del mundo es mentira, pues la escritura no me da de comer.

También suelo decir que he escrito 12 novelas hasta la fecha. Supongo que también eso es mentira, porque tres o cuatro de ellas son más bien lo que se suele denominar "novela corta" o "cuento largo", y por lo tanto quizá deberían computar como media novela, en vez de como una entera.

El caso es que han transcurrido unos cuantos años desde que terminase mi novela número 12, y desde entonces no he conseguido escribir la número 13.

Los que me conocen ya deben estar hartos de verme empezar una novela, escribir tres páginas, y entonces decidir que estoy harto de ella y no me motiva escribirla. En algunas ocasiones, ni siquiera necesito escribir esas dos o tres páginas para decidir que no me apetece convertirla en la ansiada novela número trece.

Hace tiempo se me ocurrió un posible argumento para una novela. También en esa ocasión la rechacé, por parecerme demasiado retorcido y sórdido incluso para mí. El otro día, me di cuenta de que esa idea ha ido knock knock knockin in hell´s door (aka mi cerebro), insistiendo en salir a la luz de una manera u otra.

Finalmente, he decidido que yo no soy quién para decir qué novelas hago y cuáles no. Son las novelas las que me eligen a mí, y quizá mi bloqueo emocional de los últimos daños radica en mi empeño de ser yo quien elija a la novela. Supongo que el número trece es demasiado especial para mí, y no quiero concedérselo a cualquier baratija.

Así pues, ayer empecé a escribir esa novela número 13, con la intención de continuarla hasta su fin, aprovechando para ello los huecos que el resto de mis obligaciones dejen libres.

Cuando abrí mi carpeta de "novelas" para guardar el trabajo de ayer, me di cuenta de que tenía allí un archivo con dos o tres páginas de un anterior decimotercer engendro novelístico que abandoné el mismo día en que lo concebí, por pura desidia, y falta de ilusión.

Dadas las circunstancias, dudo mucho que algún día retome la historia que empezaba con esas dos o tres páginas, así que lo menos que puedo hacer es colgar aquí esas pocas letras que iniciaban una novela que nunca existió, y que posiblemente nunca existirá. De esa manera, cada uno de vosotros podrá desarrollarla y terminarla en su cabeza.

No es la primera vez que publico un aborto. Probablemente, tampoco será la última.

Con todos ustedes, el inicio de un aborto:

1

El desorden había crecido en la sala de estar de Byron Gray, como crecen las malas hierbas en los jardines abandonados.

Tan sólo cinco cosas brillaban en medio de todo aquel desorden. Cinco estrellas que formaban una constelación de fatalidad y muerte. Estrella número uno: La botella de whisky vacía que había rodado por el suelo, desde los pies del sillón hasta el perchero. Estrella número dos: Otra botella similar, volcada en medio de la mesa, desangrándose lentamente, como una venus de cristal recién decapitada. Estrellas tres y cuatro: Los dos ojos vidriosos del propio Byron Gray, a través de los cuáles parecía titilar, rebajado con unas pocas lágrimas, todo el whisky que faltaba en las botellas. Y estrella número cinco: La pistola que temblaba en la mano de Byron, acercándose lentamente hacia su boca. Una pistola que había decidido temblar a causa del whisky para no tener que temblar a causa del miedo.

Cuando Byron Gray introdujo el cañón del arma entre sus labios, sintió frío... acompañado por ese sabor metálico que tanto recordaba al de la sangre. Cualquier sabor era bueno para quitarse de la boca aquel otro sabor: El de los besos de Matilda Gray.

Byron, debido a su profesión, había aprendido a sobrevivir a todo tipo de venenos. Pero no había conocido ninguno tan peligroso como la saliva femenina. Te hacía cometer estupideces. Estupideces como consagrar tu vida a otra persona, desnudar el corazón, bajar la guardia, dormir con una sábanas que odias, o meterte una bala en la cabeza en lugar de alojarla en el cráneo de esa puta que la merece más que nadie.

Pero cuando Byron se empapaba de whisky sólo era capaz de tener pensamientos constructivos y, dadas las circunstancias, lo más constructivo a lo que podía aspirar era pegarse un tiro en medio de la alfombra.

Intentó que la mano no temblase demasiado. Conteniendo las arcadas, inclinó levemente el cañón de la pistola, para colocarlo en el ángulo adecuado. Si la bala destrozaba la región inadecuada del cerebro, la muerte no sería inmediata, y el mundo se llenaría de gilipollas: Gilipollas que escucharían el disparo y llamarían a la ambulancia. Gilipollas que lo meterían en un quirófano y le salvarían la vida. Gilipollas que le darían de comer una papilla inmunda con una cucharilla de hospital. Gilipollas que le convertirían a él mismo en alguien demasiado gilipollas para recordar que tenía que matarse.

Por eso era importante colocar el cañón apuntando hacia el sitio adecuado, y disparar su alma directamente hacia la puerta del reino de los muertos. Byron Gray sabía donde encontrar esa puerta. Su entrenamiento incluía lecciones de anatomía muy precisas. Especialmente cuando estaban orientadas a matar.

El dedo descansó en el gatillo, para que su dueño pudiese descansar en el infierno.

Matilda...

El dedo comenzó a presionar, muy lentamente.

En medio del silencio, los oídos detectaban los leves chasquidos que emitían los mecanismos del interior de la pistola.

16 comentarios:

Sephiroth XI dijo...

¿Qué tal, Juanjo? Llevo tiempo sin visitarte.

Cuando tenía 16 y 17 años escribí una colección de relatos cortos que se ambientaban en el futuro. Cada relato tenía un protagonista distinto que narraba la historia en primera persona, pero todos estaban conectados entre sí, de forma que el que aparecía de secundario en un relato luego protagonizaba otro más adelante.

No te dejes bloquear. A veces el peor enemigo es uno mismo. El aborto que has publicado está del carajo. Me ha recordado mucho al principio de una serie de televisión que se me había ocurrido escribir (ya sabes, la mente colmena del colectivo friki).

Es el año 2031, un hombre que se siente horrible y totalmente solo se suicida en un apartamento de mala muerte (nunca mejor dicho). Después de esto tiene un encuentro con San Pedro, quien le dice que no puede permitirle la entrada en el Cielo por ser un suicida, pero por ser el susicida número 6.666.666 le propone una solución: volver al día en que nació para repetir toda su vida, y corregir los herrores que haya cometido durante ésta. Eso sí, conservando los recuerdos de su vida anterior. Nuestro personaje acepta la oferta y regresa al útero de su madre allá por finales del siglo XX. Diez años después tenemos a un niño indomable que es el rey del colegio, tiene hábitos y mentalidad de persona adulta e intenta ligar con sus profesoras. Parece original, ¿verdad? Pues no, hace poco me di cuenta de que es un plagio no intencionado de Chicho Terremoto y de Shin Chan, y ahora parece ser que también de tu novela. Tengo que ir a la NASA, creo que tengo capacidades telepáticas.

Juanjo Ramírez dijo...

Jajajaja

Tranquilo, Sephiroth. En mi novela el protagonista no iba a llegar a suicidarse.

De hecho, iba a ser una novela de algas que se infiltraban en la gente y la transformaba en zombies con poderes de telekinesis ;P

Maldita sea, ¿por qué no la escribí?

la tumba sin nombre dijo...

Siempre podemos transformar esa idea en un guión... Y, luego, no rodarlo.

Juanjo Ramírez dijo...

Eh... Claro, César.

Y también podemos rodarlo, y luego no escribirlo...

la tumba sin nombre dijo...

O mejo aún: no escribirlo y no rodarlo.

Lörel dijo...

me encanta eso que dices de que las novelas te eligen a ti y no tu a ellas...

me gusta mucho tu blog, un saludo :)

Juanjo Ramírez dijo...

Muchas gracias, Lörel!

Bienvenid@ a mi morada!

rafa aw dijo...

Sobre los cuentos y relatos inacabados siempre me ha gustado mucho un truco que usaba Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Al comienzo de muchos relatos el Doctor Watson no sabía qué historia contarnos y mencionaba de pasado cientos de casos que, por una u otra razón, no podían ser desvelados al público: la anciana rusa, la muleta de alumino, la rata de Sumatra... seguramente eran "abortos" de Doyle que nunca llegaron a desarrollarse. De estos títulos fantasmas se han nutrido los miles de pastiches sherlockianos que se han escrito.
Por eso digo que tus cuentos y novelas inconclusos, a la larga, quizá encuentren un hueco en el background de algún personaje o en una anécdota que se cuente en una novela acabada.

Diego A. dijo...

Son tantas y tantas cosas las que dejas a medias.
Yo empecé una novela con 15 años sobre un asesino a sueldo.
Pasado un tiempo, unos cinco años, lo leí y me pareció un auténtico horror, pero la cosa está ahí.
Algún día la retomaré y la terminaré, me apetece.

Gonzalo navas dijo...

Mucho ánimo,nada de prisas,nada de estrés y nada de tensiones creadas por uno mismo,relájate,disfruta,ríete,diviertete y escribe como lo hacías antes cuando no hacías las cosas "para nada"

Juanjo Ramírez dijo...

Rafa: Seguiré tu consejo. "Sherlock Holmes examinó la tierra que había alrededor de la caja. No había encontrado nada así de sospechoso desde el misterioso caso de los zombies con telequinesis de 1873. Un caso que las autoridades me prohiben mencionar.

Diego: Creo que me hablaste alguna vez de esa novela. Te animo a que la retomes si te sale de los cojones! ;)

Gonzalo: Tranquilo, que no tengo ni prisa ni ambiciones con esta nueva novela.

Abrazos a todos

Kike dijo...

¿Que tal hoy, juanjopeanuts? ¿Como avanza Zombies Western? ¿Alguna novedad noticiosa e interesante?

Hombre, el fragmento que pones es corto pero mola. Muy decimonónico (excepto en la parte de los gilipollas). Entran ganas de leer el resto. A veces los abortos tienen ese encanto mágico de que nadie sabe como pueden terminar.

Podrías publicar alguna de las 12 anteriores o poner un fragmento por aquí. Seguro que más de una esta habitada por monstruos o engendros mutantes de lo más divertido.

Juanjo Ramírez dijo...

Kike: Estás pidiendo a gritos que te envíe mi novelucha titulada "El ataque de los ninjas de Urano" ;P

pani dijo...

Matilda Gray, casados alguna vez, supongo.
Yo aún estoy con mi primera novela estilo Harry Potter de los anillos. Y entre los relatos cortos había uno de un chico que caminaba a oscuras, que hacía nueve meses que había dejado su vida anterior y al final veía un túnel con una luz. La "gracia" estaba en que al final nacía, es decir, se reencarnaba olvidando toda su otra vida al ver a su nueva madre.

pani dijo...

¿No has publicado ninguna?
JUANJO Y EL EDITOR IMPASIBLE.

Juanjo Ramírez dijo...

Jajajajajaja

La próxima vez, para convencer al Productor Impasible, le diré que cuandop hagamos la peli en cuestión podemos hacer luego la adaptación a novela.

Llevo bastante tiempo sin colgar una entrega del Productor Impasible. A ver si me espabilo y retomo la serie...