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sábado, 28 de julio de 2007

¡QUÉ ABURRIDO ES SER “JEFE”!

Sí señor. Muy aburrido.

Estoy acostumbrado a eso de que, en las horas de trabajo, se trabaja.

En un proyecto como Gritos en el Pasillo, el director es un tipo que además de dirigir tiene que ocuparse de hacer el plan de rodaje, y montar los decorados, y mover muñequitos dos segundos después de haberle dado al “play” en el reproductor de diálogos, y dibujar su propio storyboard, y presentarse en la institución isleña pertinente pa poner buena cara y limosnar subvenciones.

En una película con presupuesto, el director pasa de ser un becario pluriempleado a ser un trasto ocioso, anquilosado, inútil...

Mi trabajo consiste en sentarme toda la mañana, sin saber qué hacer, esperando a que dibujantes mejores que yo vengan a enseñarme sus propuestas sobre cómo planificar la escena que les asigné y expliqué horas o días antes.

Cuando llega ese momento, uno se siente medianamente útil, pero experimenta un ligero remordimiento si tiene que echar por tierra la mitad del trabajo que ha hecho el storyboardista, porque no se adecua al estilo de la peli o, peor todavía: Porque no me gusta.

Luego anotan mis correcciones con lápices rojos y se retiran a hacer los cambios, dejándome de nuevo ocioso durante horas y horas.

Son lentos. Jodidamente lentos.

A veces me quejo en silencio sobre esa lentitud. A veces incluso en voz alta. Luego, de vez en cuando, me llegan con ideas tan buenas que llego a la conclusión de que merece la pena que inviertan tanto tiempo en estrujarse la sesera. Acto seguido, me olvido de dicha conclusión, y vuelvo a desesperarme.

A veces me harto de esos paréntesis de actitud pasiva y me pongo a dibujar mi propio storyboard. Luego lo guardo, sin enseñárselo a nadie. Tal vez que porque no quiero influenciarles con mi visión hasta ver lo que sacan ellos de sus cabezas. Tal vez porque es una pena que se gasten el dineral en contratar a estos tipos si luego cierro mi mente de par en par y no aprovecho lo que pueden ofrecerme, para complementar mi visión con un poco de aire fresco.

El problema es que el 80% de mis storyboards me gustan. Tal vez debería enseñárselos a mis storyboardistas, para que al menos sepan de qué manera me gusta encuadrar, qué prefiero evitar, o cómo me gusta mover la cámara. Creo que es más fácil hacerles entender esa clase de cosas echando mano a la información gráfica. Porque nuestras conversaciones en inglés son efectivas a simple vista, pero a veces tengo la impresión de que se pierden matices.

Es una putada trabajar con artistas que no conoces, y en un idioma que no es el verdadero idioma de ninguno.

A pesar de ello, la maldición de la torre de Babel no impide que cada día surjan nuevas ideas, nuevos avances, nuevos gags.

Con respecto al guión, yo estoy bastante contento con la versión cuatro. Nuestros compañeros daneses prefieren la cuatro en algunos aspectos y la tres en otros. Así que supongo que el resultado final será una especie de versión 4.1, o una versión 3.9.

O tal vez decidamos que ya hay demasiados westerns y demasiadas pelis sobre zombies, y decidamos reciclarlo todo para contar una historia intimista sobre un niñito pelirrojo que tiene cáncer.

O quizá descubramos que el género de telefilmes de sobremesa está lleno de niñitos con cáncer, y hagamos un drama intimista de niñito con cáncer en el oeste, con zombies.

Esta semana mis camaradas vikingos ponen amablemente a mi disposición a una tercera guionista, para explorar lo que puede convertirse en una posible versión cinco del guión.

Mi lectura de Harry Potter está siendo lenta. Desgraciadamente, no tengo demasiado tiempo para leer. A veces experimento la tentación de llevarme el libro al trabajo, y perderme entre sus páginas durante esos tediosos paréntesis de calma funcionarial.

Pero supongo que un director debe dar un mínimo de ejemplo.

De momento llevo leídas unas 200 y pico páginas. Han ocurrido cosas bastante jugosas en la trama. Es una delicia regresar al mundo de Harry, Ron, Hermione, o mi querida Loonie Lovegood (que me gusta diez veces más que la que sale en la película).

Raúl y yo echamos de menos España. A veces nos metemos como gilipollas en el Google Earth y sobrevolamos nuestra casa de Madrid, y los rincones de la ciudad que solemos frecuentar, y todos y cada uno de los granos de arena en mi adorada isla de Fuerteventura.

¿Quién nos iba a decir a nosotros hace cuatro años, cuando hacíamos decorados para una peli de cacahuetes, que íbamos a estar hoy día en Dinamarca para sacar adelante una peli de marionetas zombies?

Cuando comemos en casa, solemos entrar en el Youtube para amenizar la comida con sketches de Faemino y Cansado, y La hora chanante.

¡Y nos alegraría tanto doblar una esquina de Viborg y encontrarnos con Antonio Resines!