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domingo, 3 de junio de 2007

APAGAD TODAS LAS LUCES DEL EDIFICIO: NOS VAMOS DE CACERÍA

Ésa es una de las frases más emblemáticas de uno de los personajes más emblemáticos de Gritos en el Pasillo: EL ENFERMERO.

Me gusta llamar “enfermero” a un personaje que no parece estar ahí precisamente para curar a nadie. El Enfermero es algo así como el jefe de Policía del Maní-comio (no en vano va vestido con uniforme azul). Y ya se sabe lo que ocurre con la Policía: Uno debería alegrarse de verla, porque presuntamente está ahí para ayudar al ciudadano...

...y sin embargo cada vez que aparece, nos echamos a temblar.

Me atrevería a decir que el Enfermero es uno de los personajes más ricos de Gritos en el Pasillo. Es siniestro, ambiguo, elegante. Es el dueño del lugar. Una especie de mezcla entre Darth Vader y el ama de llaves de Rebeca.

A veces parece incluso más inestable que los caducados que custodia. Es capaz de cambiar cuatro veces de registro en una misma frase. Primero te sonríe, luego te amenaza, pierde los papeles, los vuelve a recuperar. La viva imagen de la ley. Porque en el interior del Maní-comio, el Enfermero es la ley.

Esta imagen ha sido tan difundida en la prensa escrita que empiezo a estar harto de ella.

El Enfermero siempre te sorprende por la espalda, surgiendo de entre las sombras, y siempre te pilla con las manos en la masa, cuando estás en el lugar inadecuado y en el momento inadecuado. Es una versión macabra y ponzoñosa de Pepito Grillo. Mina tu moral con la repetición continua, igual que las torturas de los nazis, igual que ese goteo persistente en la esquina de la celda, ese lamento de tubería agujereada que te orada la razón con su continuo plick, plick, plick, plick, plick.

Ese aire de fantasma sobrenatural y omnipresente, combinado con la oscura elegancia de sus maneras, hace que el Enfermero nos recuerde a los vampiros clásicos.

Los que hayan visto la película, recordarán que el Enfermero, en muchas ocasiones, camina como si se estuviese deslizando por el suelo, igual que el Nosferatu de Murnau y el Drácula de Coppola.

Es pretendido.
Sí... Ya lo sé. No es la clase de foto que uno se espera después de haber leído la palabra "elegante".

De hecho, en el primer acto, nuestro Enfermero homenajea de una forma muy explícita al Drácula de Coppola.

La relación del Dibujante con el Enfermero empieza mal desde el primer momento. Los torpes comentarios de nuestro protagonista provocarán en el Enfermero un flechazo... en el ventrículo equivocado del maní. Odio a primera vista.

Desde el principio, el Enfermero se tomará lo de vigilar y atormentar al Dibujante como algo personal. No le gusta el Dibujante. Porque viene de fuera. Porque viene a husmear. Porque no es de confianza. Porque si tuviese dedos, los pondría en la llaga.

Porque puede que haya en el Maní-comio más de un secreto que descubrir, y puede que el Enfermero tenga más de un secreto que custodiar.

¿He dicho ya que el Enfermero es la personificación de la elegancia? Sólo James Steward podría ser así de elegante con un pijama azul. Por eso necesitaba a un doblador con una presencia sobrenatural para encarnar al Enfermero. Por eso escribí el papel pensando directamente en Jaime Vaca. Por eso, cuando diseñé al personaje, lo dibujé calvo, de manera inconsciente.


Cuando escribí Gritos en el Pasillo, pensaba en Jaime para interpretar a tres de los personajes. Acabó interpretando a cuatro. Y en el final alternativo del dvd, prestó también su voz a un quinto personaje.

No me costó convencer a Jaime. Me dio el SÍ incluso antes de leer el guión. Es una costumbre que tenemos Jaime y yo. Nos gusta trabajar juntos en nuestros mutuos proyectos, y aceptamos hacerlo dando un salto de fe, sin siquiera leer las aberraciones que nos proponemos el uno al otro. Si Johnny Depp lo hace con Tim Burton, ¿por qué no lo vamos a hacer nosotros con nosotros mismos?

Pero cuando Jaime leyó el guión y entró en contacto con los tres personajes que le propuse inicialmente, se enamoró de mi favorito (que es también el favorito de la gente que mejor entiende Gritos en el Pasillo): El ENFERMERO.


A veces Jaime se cabrea, porque todo el mundo alaba más su interpretación del Doctor Nazi. Lógico. El Nazi también es tremendo, y es más accesible. Más fácil de percibir. El Nazi es un caramelito; una golosina para aquél que lo interpreta, y para aquél que lo recibe. El Enfermero es caviar. Hay que educar un poco el paladar para apreciarlo.

Supongo que mañana me encontraré cien mails de cien asociaciones condenándome por comparar a las golosinas con los nazis.

Todavía recuerdo la génesis del Nazi.

En principio, el Nazi era nazi sólo en actitud. Su acento era normal. Pero yo, guiado por esas connotaciones menguelianas que rezumaba el personaje por todos los poros de su cáscara, dibujé un bigotito estilo Hitler en el diseño del doctor que le pasé a Modesto para que pintase el cacahuete.

Ese bigote pretendía ser tan sólo un detallito sutil, pero Modesto se lo tomó al pie de la letra: El cacahuete que me entregó era la viva imagen de Hitler. No sólo el bigote. Uno miraba ese maní y comprendía que estaba destinado a morir encerrado en un búnker, o gritando “Alarm, alarm, hain senecta”.

Esa misma noche, caminaba con Jaime por el centro de Madrid. Regresábamos de examinar una localización para “El cuervo de las plumas blancas”. Miré a Jaime (es decir, miré hacia arriba) y le dije:

- ¿Qué te parece si le ponemos al doctor acento alemán de verdad?

Empezamos a hacer pruebas mientras caminábamos. Y cuando Jaime escuchó las indicaciones que empezaba a darle, me miró y me dijo:

- Juanjo, tú lo que quieres es la “guindilla picanta”, ¿no?

- ¡Exactamente!

Y así surgió uno de los personajes favoritos del público. Gracias a Modesto Berbel, a quien entregué un bigote, y supo sacar de ese bigote, cual si de peluda caja de Pandora se tratase, todo lo demás. Y gracias a Jaime, que como buen cinéfilo, renunció a parte de su ego personal (empresa dura para un aries maculino) y no tuvo ningún reparo a la hora de construir un personaje reciclando los tópicos más trillados de los géneros más mundanos.

Como veis, he empezado a hablar del Enfermero y he terminado hablando del Nazi. Creo que es el mejor homenaje que le puedo hacer al Enfermero, porque es lo que siempre le sucede. El Nazi le eclipsa con su energía, su exhuberancia y su vehemencia.

Gritos en el Pasillo, para los ingenuos que deciden tomársela medianamente en serio, tiene, como suele decir Alby, distintas capaz de lectura, igual que una cebolla. El Enfermero está en el corazón de la cebolla. Sigan excavando.

Yo, mientras tanto, terminaré la entrada con unas palabras acerca de Jaime Vaca, uno de mis mejores amigos, y una de las personas que más admiro.

Jaime es, ante todo, un gran director, un gran guionista, y un tipo increíblemente ocurrente. Por eso le jode que casi siempre le llamemos sólo para interpretar. Pero la culpa es suya. Si no fuese un showman, si no se pareciese a un cruce de Orson Welles y Samuel L. Jackson, si no tuviese una presencia que hace saltar chispas a las cámaras y micrófonos, no nos pelearíamos para tenerle como actor en nuestros engendros.

Hablando de actores: Jake Gylleenhal y Robert Downey Jr están tremendos en Zodiac. Como con Jaime hay confianza, me he permitido el lujo de interrumpir este artículo para irme a ver Zodiac. No es una peli que me incite a tirar cohetes, pero he de reconocer que está bastante bien. Incluso muy bien. Si es que hasta me creo que la ha dirigido Fincher.

Pero sigamos hablando de Jaime Vaca (que es aries, igual que Robert Downey Jr). Le conocí en la universidad. Éramos compañeros. Por supuesto que no me pasó desapercibida su presencia. A nadie le pasa desapercibido un calvo de metro noventa con acento extremeño.

Sí. Sé lo que están pensando. ¿A quién demonios le interesa esto? Bueno... Algún día Jaime será famoso, y entonces esto llevará unos años escrito, y nadie podrá ocusarme de oportunista cuando hable bien de él.

Las primeras conversaciones que recuerdo con Jaime rondaron sobre el mismo tema que las primeras que mantuve con Gonzi: El señor de los anillos.

Hace ya unos diez años (¡diez años ya, Dios mío!), al enterarme de Jaime era también fan del mamotreto de Tolkien, le regalé un dibujo, en el que el balrog arrastraba a Gandalf por el puente de Kazhad Dum mientras el mago gritaba a sus acobardados compañeros: “¡¡Hijos de puta, no me dejéis aquí!!”

Ese dibujo hizo que algunos días después Jaime se acercase a mí para preguntarme:

JAIME: ¿Qué te parece lo de que estén tanteando a Sean Connery para hacer de Gandalf en la peli del Señor de los Anillos?

JUANJO: ¿¡¡Qué!!? ¿¡¡Que están haciendo una peli del Señor de los Anillos!!? (Subtexto: ¡¡Horror!! ¡Pero si el único capaz de dirigirla bien seré yo dentro de unos años!)

JAIME: Sí. La va a dirigir un tal Peter Jackson.

Y en ese momento yo emití un suspiro de alivio, pensando que Peter también podía hacerlo bien. Pero que muy bien. Y no lo hizo mal. Una de las tres le salió bien. Y sé que esto puede ocasionar otros cien mails de amenazas que se mezclarán con los de los nazis y las golosinas.

Fueron conversaciones esporádicas, porque no nos acercábamos mucho el uno al otro. Yo creía que Jaime era un tío malhumorado y hosco. Él me confesó años después que creía que yo era un psicópata, y me tenía miedo.

¿Quién nos iba a decir que acabaríamos convirtiéndonos en tan buenos amigos? ¿Quién nos iba a decir que llegaría un momento en que nos podríamos entender sin palabras incluso cuando hablamos por teléfono?



Hoy día, Jaime Vaca es un consolidado guionista que trabaja en “Los Serrano”, ha estudiado en la New York Film Academy, ha ganado premios con sus cortos... Todo ello se lo ha ganado a pulso.

Pero los cabrones de sus amigos seguimos llamándole para que actúe en nuestras pelis.