
Andrés de la Torre y Javier López Vila. Como Goldsmith y Kamen nos abandonaron, tuvieron que aparecer otros dos genios para compensar.
Los premios Goldsmith nacieron en honor al compositor del mismo nombre. Ese entrañable señor que nos dio joyitas como las banda sonoras de Gremlins, La profecía, Rambo, No matarás al vecino, L.A Confidential.
El mundo de la música cinematográfica perdió lo inimaginable el año en que murieron él y Michael Kamen.
Pero dejémonos de lutos, y empecemos con las celebraciones. Nuestros jóvenes compositores, que fueron nominados el año pasado en la categoría de composición en desarrollo (presentaron el tema principal de Gritos) se han presentado este año a la categoría de banda sonora completa, presentando esta vez la banda sonora de Gritos entera.
Han vuelto a ser nominados. Compiten con otras cuatro películas: Dos estadounidenses, una británica, y una española.
Allí estarán nuestros músicos, en el congreso internacional, codeándose con gente como John Powell, John Debney y Javier Navarrete.
Ojalá tengan suerte. ¡Se la están ganando a pulso!
Pasemos de la música a la literatura. Me he cansado ya de leer Tiranosaurio. Mi naturaleza impaciente no ha soportado leer los tres primeros capítulos sin encontrar ni rastro de dinosaurios. ¡Y eso que he buscado a conciencia, asomándome por detrás de cada “T”, y mirando por debajo de la alfombra de cada “ñ”!
Lo malo de los libros de Lincoln y Child es que el lector disfruta de lo lindo con los cuatro primeros que lee. Después de eso, tiene datos suficientes para llegar a la conclusión fatal: Todos sus libros son iguales. Y, por tanto, predecibles.
Uno acaba detectando parámetros repetidos, que desembocan en leyes absurdas, como: “No me han descrito el color de pelo y la forma del mentón de este personaje, ergo no es importante, ergo va a morir dentro de cinco párrafos”.
De todos modos, a partir de mañana dejaré de tener tanto tiempo para leer.
¿Qué ocurre mañana?
Que llega Tor.
Pasaremos seis días encerrados, manipulando zombies en el papel. Tenemos que ponernos de acuerdo sobre unas cuantas cosas, para que Alby y yo podamos escribir la tercera versión del guión.
Ya hemos intercambiado impresiones por mail, así que empezaremos con gran parte del trabajo avanzado. Eliminaremos a algunos personajes, salvaremos a otros, inventaremos muertes más originales, los dedos sobre el teclado sonarán a tambores indios de guerra, la sierra mecánica de vapor rugirá en nuestras cabezas, demandando carne fresca, o carne zombie... y si el maldito clip del word se atreve a asomar para volver a dar por saco, la sangre lo salpicará como si fuera Carrie, y se marchará corriendo hacia las profundidades internas de mi ordenador, desconsolado, pensando para sus raquíticos adentros: “No... estos tíos no quieren escribir ninguna carta... y yo no puedo ayudarles en lo que quieren hacer, no estoy preparado para ello, perdería demasiados puntos de cordura...”

Las piezas de mi novela siguen encajando en mi mente, como huesos pringosos de un esqueleto monstruoso, bellísimo. Ojalá consiga reflejar esa belleza cuando la obligue a descender hacia la cárcel de las palabras.
Si sigo a este ritmo, creo que cuando Tor se marche estaré preparado para empezar a escribirla.
Me obligo a mí mismo a retomar el ejercicio físico. Me viene bien no sólo para el cuerpo. Me ayuda a pensar, y a desentumecer mi inspiración.
He retomado una vieja costumbre: Caminar por las rocas que hay junto a mi casa, cuando la marea baja.
Es un ejercicio muy completo, lo de caminar por las rocas. Uno acaba saltando de una piedra a otra, para evitar los charcos, y mueve todos los músculos de su cuerpo en el intento de no perder el equilibrio. Allí, en compañía de los cangrejos y las babosas marinas, puede recorrer kilómetros de superficie marciana sin darse cuenta.
Algunas rocas son resbaladizas, perversas, traicioneras... Ayer una de ellas me hizo caer, y mi rodilla sufrió un doloroso aterrizaje contra la piedra. Regresé a casa cojeando y maldiciendo, pero consciente de que regresaría al día siguiente.
Supongo que esa clase de caídas existen para que no se nos adormezca el instinto de lucha.
Así que, con el permiso de ustedes, me voy a caminar por esas rocas, antes de que se ponga el sol.
