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domingo, 13 de mayo de 2007

SÍ... ESO... eh... EL DIBUJANTE...

Un caballero siempre cumple sus promesas, y yo a veces también las cumplo. Así que aquí tienen las imágenes de nuestro cacahuete gigante fabricado con poliespán.

Alby y yo, junto a las puertas del Cabildo. Nunca pensamos querríamos entrar allí con gratitud en lugar de con explosivos. Fotografía de Guayedra Brito (Canarias 7)

Sí. Ya sé que ni Alby ni yo imponemos demasiado, pero es porque estamos eclipsados por esa maravillosa escultura fabricada por Raúl, compañero de piso de un servidor, y director artístico de Gritos en el Pasillo.

Quiero aprovechar la ocasión para dedicar unas palabras al protagonista de nuestra peli.

En las óperas primas, suele ser habitual que el prota consista en una proyección del propio autor. En mi caso, he de decir que mi vida es bastante más feliz que la del Dibujante, pero sí podemos encontrar demasiados rasgos comunes.

El Dibujante es zurdo, igual que yo. Si ustedes atienden a sus planos en la peli, se darán cuenta de que siempre usa el pincel con la ¿mano? izquierda. No fue una decisión deliberada. Supongo que cuando dibujé el storyboard, le puse la herramienta en el lado con el que yo mismo la hubiese manejado.

El Dibujante es un tipo sensible, influenciable, se siente incómodo en las relaciones sociales, es sumiso y agradable cuando quiere causar una buena impresión, pero también arisco e irritable cuando percibe una presencia amenazadora. En otras palabras: El Dibujante es probablemente piscis, igual que yo.

El Dibujante es, como lo definió una vez nuestro técnico de sonido Víctor Puertas, “un gilipollas encantador”. Un ser iluso, ingenuo, incapaz de compartir con los demás su visión del mundo. La clase de persona (o fruto seco) que siempre intenta ser gracioso o cumplidor en el momento inoportuno. El Dibujante es, en otras palabras, la clase de individuo que, para quedar bien, le pregunta a un antiguo conocido qué tal está su mujer, y que, sin él saberlo, lo pregunta justo el día en que se ha descubierto que la mujer en cuestión tiene leucemia.

El Dibujante es experto en “cagarla”. Siempre lo hace todo con la mejor de las intenciones, y siempre se equivoca.

El Dibujante es un torrente de caos y demonios internos, contenidos por un dique de civilización. Un endeble dique construido con cáscara de cacahuete.

¿Aguantará ese dique las presiones a las que será sometido nuestro amigo en el interior del Centro para Caducados Mentales? Eso es algo que no pienso desvelar aquí.

Tuvimos que hacer unos cincuenta cacahuetes para encarnar al Dibujante. Cada uno de ellos con una expresión distinta. El encargado de tan tediosa labor fue nuestro almeriense Modesto Berbel.

Algunas de esas expresiones fueron tan utilizadas que pasaron a formar parte de nuestra vida cotidiana durante los procesos de rodaje y de montaje. Se convirtieron en colegas nuestros. Sólo nos faltaba llevárnoslos de cañas por ahí, y no lo hacíamos para evitar el riesgo de que algún iluso los confundiese con una tapa (tenía que soltar el chiste fácil).

Algunos de esos muñecos llegaron a estar tan presentes en nuestro día a día, que acabamos poniéndoles nombres.

Así pues, teníamos por ejemplo al Munchito, bautizado así porque su expresión nos recordaba un poco a la del Grito de Munch.

Mírenlo. Emana tal terror que hasta la cámara se desenfoca al encuadrarlo.

Otro gran clásico de Gritos en el Pasillo es el Emotiquito:

Así denominado por su parecido con el “emoticón” ése tan inquietante del messenger:

Aunque, posiblemente, la gran estrella es el que yo suelo llamar Reojito, por la sencilla razón de que mira de reojo hacia la cámara.

A Reojito lo hemos usado en todos los carteles, los banners de internet, los flyers, las imágenes del perfil de los blogs... Dentro de poco esculpirán su cara en el monte Rushmore, entre todos los demás masones distinguidos.

Otro al que yo le tengo especial cariño es éste:

Yo he inventado un nombre para él: “El dispensador de caramelos pez”. Sí. A mí también me recuerda a Sin City ese concepto. ¡Ah, la letal y pequeña Mijo!

Otra similitud que tiene conmigo el señor Dibujante es su buen gusto a la hora de elegir los pijamas.

Ahora mismo, por ejemplo, escribo esto con uno de mis pijamas favoritos:


Nuestro amigo el Dibujante tampoco se queda corto:

Según Alby, ese pijama parece el uniforme de un general prusiano. Para quitarle solemnidad al concepto, le improvisamos ese gorrito de dormir, que fue cosido por mi propia madre, y al que añadí con mis propias manos los sarampionescos lunares amarillos.

Sólo un “gilipollas encantador podría dormir con un gorrito así”.


Pero nuestro Dibujante tendría menos alma que un nazgul si no fuese por la voz que le presta el inigualable Gonzalo Navas.


A nosotros nos gusta llamarle Gonzi. De esa manera, cuando se haga famoso, podremos presumir por llamarle así, como cuando llamaban Monty a Montgomery Clift, o cuando llaman Marty a Martín Scorsese.

Pero eso es algo reservado a los amigos que tenemos el honor de trabajar con él. Los demás tendréis que resignaros a llamarle “el gran Gonzalo Navas”, hasta que os ganéis a pulso el derecho de llamarle Gonzi.

Trabajar con él es un placer.

Le conocí en el rodaje de “El cuervo de las plumas blancas”, un interesante y desquiciado mediometraje de César del Álamo. Yo me ocupaba del diseño de producción, imitando a Dario Argento sin haber visto una peli de Argento en mi puta vida (imperdonable error que César se ocupó de corregir más adelante).

La primera vez que vi a Gonzalo, estaba charlando con el señor Del Álamo en un banco ventoso de Plaza de España. Me acerqué a ellos, y de repente me sentí socialmente integrado al descubrir que la conversación giraba en torno al Señor de los Anillos (que en aquél entonces estaba muy lejos de estrenarse y, por lo tanto, no estaba tan de moda).

Mi segundo encuentro con Gonzi fue pocos días después, cuando nos dirigíamos hacia el set de rodaje, a grabar un plano secuencia al más puro estilo Brian de Palma. Los dos corríamos hacia el coche que nos debía de recoger, y de repente, noté entre el estruendo de la urbe, que alguien detrás de mí estaba silbando la banda sonora de Gattaca. Era Gonzi. El muy cabrón tenía mis mismos gustos, y encima sabía silbarlos.

La lógica me decía que un tipo que era tan buena gente, y que sabía tanto de cine no podría ser un actor “de verdad”. Cometí el craso error de creer que se trataba del típico colega amateur que hace a sus amiguetes el favor de interpretar un papelillo en un corto sin presupuesto.

Pero cuando César dijo “acción” y Gonzi comenzó a interpretar su papel, me quedé atónito. Era un actorazo. Veintipico años de bagaje cinéfilo y videoclubero le convertían en una máquina de dialogar con la cámara y captar personajes a la primera.

Cuando Alby me convenció para retomar Gritos, yo convencí a su vez a Gonzalo para que interpretase al prota. No me costó demasiado hacerlo.

Durante el proceso, Gonzalo Navas no sólo se convirtió en uno de mis actores fetiche, sino también en uno de mis mejores amigos.

Atentos a la anécdota: Debido a problemas personales de nuestro adoradísimo Víctor Puertas, tuvimos que adelantar un par de días las jornadas de doblaje de Gonzalo. Eso, unido al colapso que dominaba mi agenda en aquellos días, significaba una cosa: ¡¡No habíamos ensayado!!

Adelantar la jornada implicaba doblar sin ensayos previos. Tal vez con otro actor no me habría atrevido a hacer eso. ¡No era un personajillo cualquiera! ¡Era el papel protagonista! Pero Gonzalo y yo nos conocíamos ya lo suficiente para tener esa telepatía que sólo tienen los compañeros de fatigas. Habíamos hablado numerosas veces sobre el personaje, entre tés y cervezas.

“¿Te atreves a hacerlo sin ensayar?”, le pregunté. ¡Vaya que si se atrevió! Nos lo pasamos de lo lindo. La mayor parte del personaje ya estaba construida en nuestras regiones telepáticas comunes. El resto se construyó sobre la marcha, entre mis indicaciones puntuales y las ocurrentes aportaciones de Gonzalo.

El resultado fue mágico.

Yo soy de los que piensan que Johnny Depp es uno de los mejores actores de este condenado planeta, pero cuando le vi poco después doblando al prota de La novia Cadáver, tuve la certeza de que ni siquiera mi adorado Johnny había logrado ser tan grande como Gonzi.

Y aquí lo dejo dicho, con dos manises.

En breve escribiré otra entrada hablando del ENFERMERO, pues no puedo hablar de un aries y dejar de hablar de otro. Y Jaime Vaca es mi otro gran actor fetiche.

Abrazos, mis estimados nutties y sucedáneos.