
A pesar de que nuestras mutuas culturas llevan enemistadas desde hace más de medio milenio, nunca he sentido rencor hacia las culturas árabes. Respeto a esa gente, y me apetece convivir con ella.
Con una excepción.
Existe un pequeño detalle que desencadena mi ira hacia lo árabe, y me hace desear que ardan en el Infierno. (el suyo, o el nuestro, o en un popurrí con lo peor de cada uno).
No estoy hablando de aviones que se estampan contra rascacielos, ni de mujeres lapidadas, ni de autobuses de turistas convertidos en queso grullere a golpe de ametralladora.
Me refiero a esa manera que tienen de servir los
kebabs.
Estoy convencido de que lo hacen a mala leche. No creo que ningún islámico sea tan mortífero armando un misil de destrucción masiva como lo es armando uno de esos infernales recipientes de pan de pita con una caótica amalgama de carne, lechuga y salsas especialmente diseñadas para derramarse por cualquier resquicio.
Por esa razón, siempre que entro en un sitio de kebabs, pido un
Dürum. Están más ricos, y prescinden de esa sádica costumbre de derramar su contenido a borbotones sobre tus dedos, o a través de la comisura de tu boca.
No sé cómo demonios se come un kebab. Tampoco creo que ellos lo sepan. Los fabrican para desmoralizarnos. Para demostrar al ingenuo cristiano occidental que, a pesar de unos cuantos siglos de
Renacimiento, Ilustración y Revolución Industrial, seguimos siendo unos jodidos inútiles incapaces de evitar pringarnos las manos de mierda.
Putos kebabs...
Sólo hay algo peor que intentar comerse un kebab: Intentar comerte un kebab padeciendo los horrores de un herpes labial. La condenada herida labial te duele horrores cuando abres la boca al estilo carcharodon carcharias (no hay otra manera de que te quepa en la boca el trozo suficiente de kebab). Sientes cómo ese leviatán alimenticio se aleja de tu boca tras el mordisco, rozando la costra del herpes, resquebrajándola, bañándola de sangre...
El otro día me pedí un kebab para almorzar, y advertí demasiado tarde que tenía un herpes en el labio. Mietras luchaba con ese
Moby Dick de cordero y lechuga, recordé con un flash-back estilo Brian de Palma que llevaba varios años sin comerme un kebab, y que... ¡¡La última vez que que me había zampado uno también tenía un herpes en el labio!
Eso me hace pensar en cómo funciona el cíclico infierno del Sansara. En cómo el Cosmos nos hace correr en una sádica rueda de Hamster... Nuestro destino gira... y gira... gira... como el mamotreto de carne del que sacan el kebab que tienes en las manos... fiel a todas esas doctrinas que sostienen que la vida te hace pasar por las mismas situaciones hasta que aprendes de ellas lo que debías aprender.
Flashazo. Regresamos del flashback. Veo de nuevo el kebab en mis manos, siento el dolor del herpes en mi boca, y me doy cuenta de que los dioses (o sus becarios) me han puesto una vez más en la misma encrucijada.
Sé cómo reaccionar en esas situaciones. Yo también jugué al
Monkey Island en su día. Si regresas a la misma situación, es porque se te olvidó hacer algo la vez anterior.
Pienso en mi situación actual. Es muy parecida a la de hace años: Necesito encontrar trabajo. REMUNERADO. Está genial lo de hacer pelis y mover tus propios proyectos. Pero necesitas ganar dinero. Necesitas comer, y pagar un alquiler, y comprar billetes para ir a visitar a tu novia.
Entonces, me doy cuenta de algo: Llevo utilizando la misma cartera desde que era menor de edad. Es una cartera muy pequeña, en la que caben muy pocos billetes, doblados por la mitad, constreñidos, gritando (doloridos) que "¡¡Aquí no queda sitio para más billetes!!".
Me digo a mí mismo que si quiero ganar dinero, el primer paso es informar de ello a mi inconsciente, comprándome una cartera más grande. Una cartera de adulto, en la que quepan más billetes.
Termino de comerme el kebab. Lo pago, sabiendo que será lo último que pague con esa cartera que me acompaña desde las edades prepúberes. Escalo la calle Fuencarral, entro en una tienda, elijo la cartera que más sintoniza conmigo. Negra y sencilla. Lo suficientemente espaciosa. Vale justo lo que estaba dispuesto a pagar por ella, y cuando la pago, resulta que tiene un 20% de descuento. ¡Me cuesta incluso menos de lo que esperaba!
El ritual ha sido consumado.
Al día siguiente mi queridísimo amigo
Jaime, gracias a la mediación de su amigo, el amabilísimo
Alberto, consigue que los de
Vaya Semanita (que están buscando a un guionista) me hagan un prueba. Hago la prueba. Un día más tarde, me despierta una llamada procedente de "
Vaya semanita". Me han pillado para el puesto. Quieren que me incorpore cuanto antes.
Mañana parto hacia Donosti. El lunes empiezo a trabajar como guionista en "
Vaya Semanita".
No puedo imaginar un programa de televisión en el que me pueda sentir más "como pez en el agua" que en el "
Vaya Semanita" (de hecho, es lo que todo el mundo me dice). Si existiese todavía "
Historias para no dormir", de
Chicho Ibáñez Serrador, esos
Monty Pythons vascos ocuparían el segundo puesto en el ranking, pero el reinado del gran Chicho pasó a la historia (envejeciendo como el vino).
Tampoco puedo imaginar muchas ciudades de España (o incluso del mundo) que me enamoren más que San Sebastián, alias Donosti, alias Mr Hostia.
Y, lo más importante de todo: Me van a pagar por escribir... y eso es algo que no sucedía desde hace más tiempo del que puedo contar con los dedos.
Desde hace mucho tiempo, he ido diciendo por ahí: "Si algún día gano el dinero suficiente, me gustaría vivir en San Sebastian". Como dice
Xavi (mi, a partir de mañana y lamentablemente, ex-compañero de piso) ahora voy a vivir en San Sebastián para intentar ganar dinero. Aunque lo poco que ahorre lo invertiré en billetes y hostales para poder compartir más tiempo con mi querida
Ariadna, que para eso somos jóvenes, coño.
No sé lo que me espera en Donosti, y eso quiere decir que no sé cuándo podré volver a actualizar este blog, ni con qué frecuencia. Debería haber empezado este post excusándome por haber tardado tanto en actualizar... y sin embargo lo voy a terminar advirtiendo de que la próxima actualización podría tardar incluso más que ésta.
Procuraré que no suceda.
He tardado tanto en volver a escribir aquí porque han sido unos días muy intensos. He estado inmerso en dos cruzadas a unísono: La de mover proyectos propios a diestro y siniestro, y la de buscar trabajo debidamente remunerado a diestro y siniestro. Si tenemos en cuenta el "nivelazo" de los contenidos de
Vaya Semanita, y lo alto que tienen el listón, más me vale ser diestro y siniestro al mismo tiempo.
Dentro de mis pesquisas para buscar trabajo, redescubrí por enésima vez que (oficialmente) soy un completo inútil si se me saca de ciertas áreas laborales. Existe un área en la que soy simplemente semi-inútil: La ilustración. Me refiero al dibujo y toda esa mierda. Aproveché que tenía algo de experiencia en ese área para fabricarme un curriculum alternativo como "ilustrador", y un blog con una muestra de mi trabajo en ese campo, cuyo enlace voy a dejar aquí por si al alguien le apetece curiosearlo.
En un alarde de inintencionado derrotismo, llamé a ese blog:
ALMACÉN DEL ARCA DE LA ALIANZALo cierto es que no esperaba que nadie me contratase como ilustrador. Siempe he sido autodidacta en eso del dibujo... y se nota. Me falta técnica. Me falta acabado profesional. Me falta "limpieza". Pero como estaba harto de ver cómo las editoriales publicaban mierda bastante peor que lo que yo hago, decidí que era hora de intentar comer también a través de ese oficio, recurriendo de manera justificada a algo de lo que a veces me han acusado injustificadamente: La cara dura.